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Article publicat originalment a la revista Quecus (número 341 Juliol 2014) i escrit per Joan Mayol

Dos episodios recientes, la reintroducción del buitre negro en el Pirieno y la llegada espontánea del buitre leonado a las Baleares, son campos abonados para reflexionar sobre nuestras inquietudes en materia de conservación.

 

 

No hay que cansarse de aprender de los bichos, que es una manera de aprender de la realidad. Tanto en ciencia como en conservación, pasa como en la vida: el mundo cambia a nuestro alrededor a la vez que cambia nuestra percepción de las cosas. Que las direcciones de ambos cambios coincidan, en sentido y en velocidad, es, desgraciadamente, harina de otro costal.

Se me ocurre invocar dos casos vulturinos: la reintroducción del buitre negro en el Pirineo y la colonización de Mallorca por el buitre leonado.

 Gata y Menta

El primer caso es la historia de un éxito. En el año 2007 arranca un proyecto propiciado por la Generalitat de Catalunya, la Fundación Territori i Paisatge y dos ONG: GREFA y Trenca. Hoy es posible hacer ya un balance provisional: una colonia de treinta buitres negros está perfectamente asentada en el Prepirineo leridano, produce anualmente algunos jóvenes y ha permitido que sea el único lugar de Europa donde pueden observarse simultáneamente las cuatro especies de aves rapaces carroñeras. Además, hemos aprendido mucho sobre dispersión y comportamiento de esta especie, gracias al seguimiento vía satélite de buena parte de los ejemplares liberados. Algo que no hubiera sido posible sin el proyecto de reintroducción.

Se ha confirmado, por ejemplo, la filopatría de la especia, pero también las frecuentes visitas de buena parte de los ejemplares a otras colonias españolas y francesas y, sobre todo, la enorme diversidad etológica de estas aves. La hembra Gata, liberada en 2009, ha explorado nada menos que 486.084 kilómetros cuadrados: ha recorrido toda la península Ibérica y ha hecho algunas largas incursiones en Francia. Por el contrario, Menta, otra hembra liberada ese mismo año, apenas ha cubierto 370 kilómetros cuadrados sin salir del Pirineo. No deja de sorprenderme que la reticencia rayana en la hostilidad con la que fue acogido el proyecto por un sector académico y conservacionista no haya sido reconocida como errónea. ¿Tenemos menos capacidad de adaptación que los buitres?

Ellos solitos

Otro caso paradigmático fue la colonización de Mallorca por el buitre leonado. Un vendaval de poniente arrastró a las Baleares algo más de un centenar de jóvenes buitres leonados que deambulaban por la costa levantina en el año 2008. Este accidente puntual, pues tuvo lugar en un solo día, supuso sin duda la muerte de ejemplares en el mar. Pero permitió también una profusión de observaciones de esta especie en el archipiélago, desde Menorca hasta Formentera, y finalmente el asentamiento de una pequeña colonia reproductora en Mallorca. Creo que es el primer caso conocido de colonización súbita de una isla.

La derivada humana de este episodio ha sido la alarma propagada por algún supuesto especialista de que la llegada del leonado puede poner en peligro la población mallorquina de buitre negro, como si ambas no hubieran convivido decenas de miles de años en gran parte de su área de distribución. Por no hablar de que el respeto que merece un proceso natural no sea equiparable al que sentimos por cualquier especie.

¿Qué tienen en común ambos episodios? Para mí, la capacidad de la naturaleza para sorprendernos continuamente con fenómenos insospechados: el mundo cambia. Y, también, la estulticia de algunos homínidos que se empecinan en el dogmatismo, incapaces de cambiar con el mundo, pese a las evidencias.

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